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Después de una larga travesía por el río Mekong, dejé Laos atrás para dar la bienvenida a un nuevo país: Tailandia. En total fueron dos días a bordo de un barco pesquero desde que salí de Luang Prabang con una parada para hacer noche en la población de Pak Beng. Durante el viaje pasé algunos días con fiebre a causa de una infección, así que la aventura no fue del todo plácida, aunque eso no le quitó nada de emoción al trayecto. Aproveché las largas horas cruzando el río para escribir todas las aventuras vividas en Laos, hacer fotos del espectacular paisaje, escuchar música y como no, terminar series pendientes que tenía descargadas en Netflix.

Cuando llegué a la frontera de Tailandia en la población de Huay Xai pude comprobar más agilidad en el trámite de la aduana, un simple sello, una sonrisa para la foto y ¡Bienvenido a Tailandia forastero! Desde el pueblo cogí un colectivo hasta la ciudad de Chiang Rai. Allí pude descansar un par de días antes de seguir mi camino hacia Chiang Mai, así que no dediqué demasiado tiempo en hacer turismo. Eso sí, rápidamente me enganché al Pad Thai y a la deliciosa variedad gastronómica tailandesa.

Viajando entre ciudades empecé a comprobar que Tailandia no tendría nada que ver con Laos, principalmente por la aglomeración de turistas en templos, mercados y calles centrales de las ciudades. Cuando hay muchos turistas significa que hay recursos turísticos que los atrae, y desafortunadamente estos recursos no son siempre sostenibles para la biosfera local. Me refiero especialmente a granjas y centros de explotación de animales. Es una de las razones por las que no habrás visto ninguna foto de elefantes ni animales salvajes en mi blog ni en redes sociales durante mi recorrido por el sudeste asiático. Otra razón es la económica, si quieres ver animales salvajes en su estado natural sin que estén encerrados ni obligados a vivir a merced de la diversión de los turistas, debes contratar un tour en un safari, y entre nosotros, mi economía no estaba para esas celebridades. Por el camino me encontré con innumerables ofertas para visitar elefantes, en muchos casos se trataba de granjas donde los tienen encerrados. Normalmente son adiestrados y explotados. Por otro lado, es verdad que puedes encontrar alguna reserva donde hay animales protegidos por la explotación, los cazadores furtivos y el tráfico ilegal, pero fácilmente te puedes confundir y terminar en verdaderos circos. Ante la duda, decidí no participar en ninguna visita.

Mis días en Chiang Mai fueron del todo entretenidos: visitas a templos, buena comida, audiciones de música en directo, excursiones a parques naturales, hasta encuentros con amigos que también se encontraban de viaje por Tailandia. Todo esto estaba muy bien, pero el principal motivo de mi paso por Chiang Mai era conocer la ONG: Rain Tree Foundation.

 

Se trata de una ONG que surge de una fusión entre una organización local y otra alemana. Su misión es empoderar comunidades rurales y subdesarrolladas del norte de Tailandia mediante proyectos de educación y de autoayuda. Desde Alemania ayudan especialmente con la recaudación de fondos y apadrinamientos. Como tienen la oficina de su sede en Chiang Mai, fácilmente pude llegar en moto desde mi alojamiento sin demasiadas complicaciones. Hablé con Thomas (uno de los coordinadores de proyectos) unos días antes para concertar una visita y poder conocer los distintos proyectos educativos que están desarrollando. De este modo puse rumbo para conocer el cuarto proyecto en este largo viaje. Llegué a la oficina, aparqué la moto y antes de quitarme el casco vi como se acercaba Thomas con una amable sonrisa para darme la bienvenida. Me invitó a café y estuvimos conversando bastante rato. Escuchar hablar a Thomas era fascinante, con un tono calmado y un inglés perfectamente inteligible. Uno tras otro me fue desvelando los distintos proyectos que tenían en marcha. En especial, me interesé por el funcionamiento del soporte educativo.

Tienen en funcionamiento 6 casas de acogida para niños y niñas que provienen de entornos familiares complicados y problemáticos. Casi todos son de la tribu del monte de Karen, eso significa que tienen un idioma y una cultura muy diferentes. Todo esto genera un gran problema para integrarse (o tener inclusión) en la sociedad tailandesa competitiva y materialista.

De esta forma, las casas de acogida ofrecen la oportunidad de aprender tailandés, inglés y obtener una formación integral con un desarrollo más completo. Los proyectos educativos los suelen coordinar maestras locales y a veces con la colaboración de algún programa de voluntariado internacional.

Seguíamos conversando y la verdad es que en aquel momento hubiera dado cualquier cosa para trasladarme hasta una de esas casas de acogida. Sin embargo, todas quedaban un poco lejos de Chiang Mai y no tenía suficiente tiempo para quedarme, ya que me esperaban en otro proyecto en la otra punta del país.

Revisando los proyectos educativos que se desarrollaban en las casas de acogida, averigüé que había 9 niños y niñas que estudiaban música y su instrumento era la guitarra. Lo descubrí ojeando una lista de necesidades materiales para las casas de acogida que me proporcionó Thomas. Me sorprendió observar que la primera necesidad que aparecía fuera: “9 guitar strings set” (9 juegos de cuerdas para guitarra).

En ese mismo momento pensé que no podría visitar las casas de acogida, ni ofrecer un voluntariado, pero sí que podía contribuir con la compra de las cuerdas para las guitarras de los estudiantes. Así que sin pensarlo mucho, regresé al centro de la ciudad en busca de una tienda de instrumentos musicales. Cuando localicé una me dispuse a realizar la compra utilizando el dinero de los fondos de la campaña de gofundme. En total gasté 1960 baths (unos 58€).

 

 

Me atendieron dos chicas que quedaron algo sorprendidas al ver a un tipo con barba y pelo largo pidiendo 9 juegos de cuerdas para guitarra acústica. ¿Pues, quién querría 9 juegos de guitarra en una sola compra? El hecho de que no hablaran inglés hizo que la situación fuera un poco más surrealista. Finalmente entendieron que era material para una escuela, me hicieron una factura a mano y nos reímos de la situación comunicativa que se había generado. Nos hicimos una foto de recuerdo para la prosperidad y agradecí su amabilidad y sentido del humor.

 

 

 

 

 

 

Al día siguiente regresé a la oficina para hacer entrega de la compra. Pude pasar la mañana conversando con el personal de la oficina que, de nuevo, me invitaron a desayunar. Les di mi agradecimiento por darme la oportunidad de conocer todos sus proyectos y deseando mucha suerte en todas las acciones cooperativas que estaban llevando a cabo para no dejar ningún niño ni ninguna niña sin una educación digna. Del mismo modo, como amante y maestro de música quise remarcar el derecho y el enorme valor de mantener tu propio instrumento durante el proceso de aprendizaje y en tu vida como músico.

Al terminar el encuentro tan agradable regresé a la ciudad con la intención de dirigirme a la frontera con Myanmar para visitar mi último proyecto en el episodio de este viaje y seguir aprendiendo de realidades de cooperación internacional tan fascinantes.