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Terminando el máster de Psicopedagogía en la Universidad de Barcelona (UB)
durante el 2017 sentí la necesidad de salir a viajar para ampliar mi enfoque
teórico y aprender de contextos educativos distintos situados en otras
realidades y en otras culturas. Quería realizar mis prácticas en algún lugar
bien lejos de todo lo que conocía. Uno de mis sueños desde pequeño era conocer
Perú y localizar un proyecto del que aprender y crecer. Siempre me había
parecido un destino con mucha magia que quería visitar y poder vivir su cultura
durante un periodo de tiempo. Todo el mundo me preguntaba: ¿Y por qué Perú?
¿Conoces algún proyecto en concreto allí? ¿Tienes contacto con alguna
universidad peruana? Sinceramente, me quedaba sin respuesta porque no conocía
ningún proyecto, partía de cero. Por mucho que intentara responder de manera
argumentada a todas aquellas preguntas, las palabras de mi respuesta se ceñían
a la ilusión de viajar y de saltar a la aventura.

Trasladé mi planteamiento a los profesores y a la coordinadora de los
estudios. Nunca es fácil decir que quieres salir de “lo programado”, y para
hacerlo más complicado todavía, en el máster nunca nadie había salido al
extranjero para realizar unas prácticas. No fue tarea sencilla convencer sobre
mi objetivo a toda la coordinación, pero por suerte, cuatro compañeras se
unieron a la aventura y pudimos formar un buen grupo. Finalmente, tras nuestra
insistencia… ¡Tachán! Obtuvimos el soporte necesario para poder buscar un
proyecto educativo donde realizar nuestras prácticas y empezar una aventura
apasionante.

Nos pusimos manos a la obra buscando lugares, pasajes y fechas. Aunque
pudimos compartir distintos momentos viajando, cada uno terminó encontrando su
rumbo. Esta parte os la explicaré más adelante.

Volviendo al inicio de mi viaje, fue un 6 de septiembre que volé por
primera vez hacia Perú sin billete de vuelta. Viajaba con mi compañera Fany y
aterrizamos en Lima con previsión de reunirnos con las demás compañeras que
llevaban un mes y medio viviendo en la capital peruana. Lo primero que pudimos
comprobar al salir del aeropuerto Jorge Chávez es que el tráfico limeño puede
llegar a ser caótico y en algunos casos hasta temerario. Si visitáis la ciudad
de Lima podéis usar diferentes aplicaciones para pedir un taxi (más recomendado
y seguro que tomar uno de la calle). Desde el aeropuerto al centro de la ciudad
te suelen cobrar a partir de 50 PEN (Nuevos soles peruanos), que vendrían a ser
unos 14 euros.

Vistas de la costa verde desde Miraflores

No duramos más de cuatro días en Lima para dedicar todo el mes de
septiembre a conocer el sur del país antes de empezar nuestras prácticas de la
universidad. Pudimos contactar con un centro psicopedagógico para poder empezar
nuestras prácticas en octubre. Durante esos primeros días comprobamos que el
cielo de Lima está constantemente gris, el clima es húmedo, pero apenas llueve.
Eso sí, aproveché para conocer los lugares más emblemáticos de la ciudad,
degustar su exquisita gastronomía y enamorarme de la Inka Kola (una
gaseosa de color radiactivo con sabor a chicle) y del chifa (una mezcla
de comida china y peruana). Para los curiosos os haré un spoiler de la
etimología de esta palabra: el término en sí lo apodaron los mismos limeños
durante la década de 1930 al escuchar a los chinos decir “chifan”. Esta palabra
provendría de la mezcla de los términos “chi” y “fan” (饎飯), que significan “comer” y “arroz”. En fin, no me enrollo más, que es
hablar de buena comida y pierdo el hilo de mi relato.

Como decía, estuvimos unas
semanas viajando por el sur del Perú, justamente haciendo un itinerario
bastante práctico y recomendable para mochileros. Viajábamos en autobús y fuimos
parando. Primero en Nazca, después en Arequipa, siguiendo por Puno hasta
terminar en Cusco. Fue en esta última ciudad donde realmente mi rumbo daría un
giro de 180 grados y determinaría mi encuentro con una de las mejores escuelas
de educación alternativa que jamás haya conocido.

Ocurrió un domingo,
después de visitar el Valle Sagrado y Machu Picchu durante el fin de semana. El
mismo lugar me removió por dentro y regresé con muchas dudas acerca de hacer
mis prácticas en el centro psicopedagógico que habíamos conocido en Lima. No me
motivaba del todo. Buscaba algo más original, auténtico, algún centro que
apostara por una metodología alternativa a la predominante en el país, que por
lo general era muy tradicional.

Dicen que en situaciones
de incertidumbre durante los viajes siempre aparecen las personas oportunas
para iluminarte. Justamente así es como conocí a Danilo, un ex alumno del
colegio La Casa de Cartón y que desde entonces se transformaría en uno
de mis mejores amigos peruanos. Nos conocimos haciendo un free walking tour
en la ciudad de Cusco (por cierto, un tour muy agradable para hacer si estáis
de visita por allí). Charlando de educación, Danilo me explicó cómo era el
colegio donde él creció. A medida que me lo iba desvelando, mis ojos se
iluminaban como dos cristales y las ganas de conocer ese maravilloso lugar
salían de mi pecho.

Al cabo de pocos días regresé a Lima. Lo hice por tierra y, sinceramente no
lo recomiendo mucho. A pesar de viajar con Cruz del Sur, una de las
mejores flotas de autobuses del país, el viaje duró unas 20 horas y no recuerdo
haberme mareado tanto dentro de un autobús. La diferencia de precio con un vuelo
convencional tampoco es tanta, así que en esa ruta en concreto es preferible
tomar un vuelo.

Mi vida empezaba de cero al regresar a la capital, así que llegó el momento
de tomar decisiones y la principal fue ir a conocer la Casa de Cartón,
establecer contacto y confiar en poder hacer unas prácticas voluntarias allí.

Gracias a Danilo pudimos concertar una visita en el colegio con mis otras
compañeras de la universidad y personalmente ¡aluciné en colores al presenciar
la vida que había en ese lugar! Ni el mismísimo Rosseau habría imaginado un
espacio naturalista y educativo como el que estaban presenciando mis ojos.

Me asombré al ver cómo predominaban los espacios verdes y naturales y la
libertad y la alegría con la que se desplazaban los niños y las niñas. Sin
duda, ese lugar tenía que ser saludable. ¡Tenía que ser el lugar donde aprender!
El destino fue generoso conmigo y después de visitar el colegio y conversar con
Claudia, la subdirectora, me brindaron la oportunidad de realizar unas
prácticas voluntarias en el equipo psicopedagógico del colegio.

Momentos de recreo de los alumnos

Es aquí donde mi rumbo empieza en solitario. Me instalé en el barrio de
Barranco por unos meses, a un par de calles de la plaza de armas. Se trata de
un barrio hermoso con un toque bohemio, lleno de fachadas de estilo colonial,
con mucha vida artística y buenos restaurantes. Una visita obligada en Lima.

El malecon de Barranco donde solía salir a pasear y disfrutar de las vistas

Al comenzar mis días en la Casa de Cartón tuve una cálida acogida y
un acompañamiento fantástico. Aquello era un auténtico hogar donde rápidamente
sentí que podría formar parte de él. Tuve tiempo de observar, investigar y
analizar cada uno de los engranajes de aquella maravillosa escuela.

El colegio fue fundado en 1984 por Educalter (Centro de Educación
Alternativa), asociación civil sin ánimo de lucro. Carlos, el director del
colegio y miembro de Educalter, en pocos minutos explica muy bien qué
significa la educación alternativa y cómo se desarrolla la misión educativa en
el colegio:

Me fascinaba llegar cada mañana al colegio acompañado de Nancy, una de las
psicólogas del equipo, y ver como los niños, niñas y jóvenes se organizaban a
través de responsabilidades para mantener limpios y ordenados todos los
espacios. Desde el colegio creen profundamente en la construcción de un espacio
amable y natural para disfrutar de su belleza, conservarla y valorarla. Un
entorno ecológico y cuidado permite construir una convivencia y una consciencia
más saludable donde se puede pensar y crear en libertad.

Una asamblea de coevaluación de 4to de secundaria. Estos procesos son muy participativos y democráticos.

Todo el aprendizaje se centra en el constructivismo y la formación
holística de cada individuo. Para esto, la Casa de Cartón se basa en un ideario
constituido por los valores de solidaridad, búsqueda de verdad, libertad y
creatividad. La inmersión de estos valores ofrece la posibilidad de desarrollar
una convivencia armónica y acercarse a la felicidad de manera individual y
colectiva. Pude comprobar en el rostro del alumnado y docentes que esto era una
realidad. ¡Échale un vistazo! www.lacasadecarton.edu.pe

Exposiciones de trabajos de diferentes alumnos en la Feria de las ciencias

El proceso de aprendizaje se centraba en metodologías muy vivenciales y
significativas. En mi caso, pude participar externamente en dar soporte
psicopedagógico a las prácticas docentes y en algunas dinámicas de grupos.
También pude dar seguimiento de la atención a la diversidad. El equipo
psicopedagógico funcionaba muy bien con el equipo docente, cosa que enriqueció
mucho mi aprendizaje y mi experiencia. El resultado superó por completo las
expectativas que tenía antes de salir de la Universidad de Barcelona cuando me
preguntaban sobre cuál sería mi plan.

Clausura de los juegos florales

Antes de Navidad, terminó el curso y mi experiencia en el colegio. Cuando
llegan las vacaciones, el colegio celebra un festival de fin de curso muy
emocionante donde exhiben bailes tradicionales, música en directo y un gran espectáculo.
Con esta gran fiesta no solamente ponía punto final a mis prácticas
psicopedagógicas, también me tocaba decir adiós a toda una comunidad educativa
que desde entonces llevaría siempre conmigo y como referente de la educación
alternativa en Perú.

Celebración del gran festival de fin de curso en diciembre