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Son las cinco de la tarde, en mis auriculares suena una canción de Vetusta Morla mientras observo atentamente por la ventana como me voy acercando a la frontera de Camboya. Llevo unas cuatro horas desde que salí de la ciudad de Ho Chi Minh sentado en un autobús que parece haber salido de los años 70. No es del todo incómodo, aunque el conductor, siguiendo el perfil vietnamita, mantiene una conducción algo temeraria. A parte de Vetusta Morla, el claxon del autobús también pasa a formar parte de la banda sonora de este trayecto. Puedo cruzar la frontera sin problemas, de hecho me sorprende la agilidad de los funcionarios que rápidamente tramitan mi visado para un mes (que me costará 30$). Al terminar el trámite en la aduana el autobús de los 70 puede seguir su camino hacia Nom Penh, la ciudad capital del país.
Este era mi primer contacto con Camboya. Al cruzar la frontera seguía observando por la ventana pero a partir de ahora muchas cosas empezarían a cambiar: el estado de las carreteras, el paisaje, la pobreza de los trabajadores campesinos transportados en masa hacia los campos y la cantidad de casinos chinos en medio de la nada. Poco a poco me iría dando cuenta de que Camboya era un país empobrecido por su cruda historia y que actualmente aún la está tratando de digerir.
Llegué a Nom Penh, donde pasaría algunos días. Allí pude dedicar un día para escribir mi anterior entrada en el blog y hacer visitas culturales en la ciudad, pasear por sus mercados, probar nuevos platos, comprar ropa barata y conocer a gente nueva. A primera vista todo suena muy bien, pero si viajas a Nom Penh debes saber que parte de sus visitas te llevarán a conocer su reciente y siniestro pasado. Concretamente me estoy refiriendo al Museo S-21 (Museo del Genocidio Toul Sleng) y los campos de exterminio (Memorial Choeung Ek). A través de estas visitas conocí con más detalle la época de terror durante el régimen de los Jemeres rojos (1975-79) donde se llevó a cabo uno de los genocidios más grandes en la historia contemporánea, eliminando casi un tercio de su población. Sí, así de macabra suena. Si a este reciente golpe le sumamos que Camboya sufrió anteriormente una guerra civil, bombardeos masivos de las fuerzas aéreas norteamericanas durante la guerra de Vietnam y casi un siglo de colonización francesa, el resultado es una sociedad noqueada y saqueada. Muy lejos de lo que fue el Reino de Angkor que llegó a dominar la mayor parte del territorio del Sudeste asiático (s. IX-XV).

Más allá de la historia y volviendo al presente, en las calles podía ver los rostros sonrientes de la gente que expresaban ganas de seguir adelante a pesar de tener heridas internas sin cicatrizar. El 17,7% de la población está en situación de pobreza extrema y su PIB per cápita es realmente bajo, estando en el puesto 159 de los 196 países del ranking de PIB per cápita. Todo el mundo intenta sacar su negocio adelante, en este sentido la unión familiar es muy importante, sin embargo, pude observar mucha prostitución y demasiados niños y niñas pidiendo dinero en las calles sin ir a la escuela. Esto me conmovió y me llevó a investigar sobre el sistema educativo de Camboya y sobre programas de cooperación para la mejora educativa de distintas realidades sociales. Fue en ese momento donde me puse en contacto de nuevo, después de unas semanas de haber conversado por mail, con Alejandra, una chica de Barcelona que lleva un tiempo dirigiendo una fundación en Siem Reap. Le propuse concertar una visita a finales de mes, conocer el proyecto y buscar un punto de cooperación. Esta fundación se llama Camboya Sonríe y asienta una escuela en una zona rural, lejos de la realidad que estaba observando en la capital pero con el mismo máximo común divisor. Anticipo que tienen un proyecto educativo comunitario con un gran impacto positivo, así que antes de seguir explicando mi aventura te dejo el enlace de su web para que puedas echarle un vistazo: http://Www.camboyasonrie.com

Mis días se agotaban en la capital y antes de dirigirme a Siem Reap quería conocer otras realidades en Camboya. Puse rumbo hacia el sur. A diferencia del norte de Vietnam no encontré muy buenas opciones para desplazarme haciendo autostop, así que decidí moverme en buses y furgones a precios razonables. Las comodidades en los trayectos iban desapareciendo. Me volví a reunir con mi amigo Xavi después de unos días y juntos nos fuimos hacia Kampot. Apenas estuvimos una noche allí, a pesar de que se trataba de un pueblo tranquilo y bastante acogedor. Eso sí, por lo menos pude probar por primera vez en mi vida un helado de pimienta, ¡Sí, de pimienta!

La razón por la que nos fuimos rápidamente de allí era una isla, la isla de Koh Rong Sanloem. Simulando a Di Caprio en la peli de La Playa, emprendimos una odisea de múltiples transportes para poder llegar a un lugar paradisíaco y libre de masificaciones turísticas, y no os voy a engañar, pero encontramos playas enteras completamente vacías. Eso si, aún era época de lluvias y cada día llovía un poco.

Estuvimos visitando las dos islas, Koh Rong y Koh Rong Sanloem. En la segunda, que es la más pequeña, es donde pasamos más tiempo, concretamente en el pequeño pueblo costero de M’Pay Bay. Esto nos permitió conocer dos proyectos muy interesantes y que me encantaría compartir y darles voz.
El primer proyecto es la escuela del pueblo, un centro de aprendizaje comunitario que cubre la educación infantil, primaria y principios de secundaria para los niños, niñas y jóvenes de la comunidad. Esta escuela se construyó gracias al impulso previo de la ONG italiana Help Code en 2008. Ayudaron a la construcción de 3 módulos que sirven como aulas, la aportación de material y el sueldo de maestros locales, con el objetivo de promover un proyecto 100% de empoderamiento comunitario. El centro funciona a modo de escuela rural, mezclando edades y pudiendo ofrecer una educación más personalizada. La presencia de algunos turistas hace que algunos niños y niñas muestren interés para aprender inglés. La escuela es reconocida y valorada por la comunidad y es totalmente auto gestionada.

El segundo proyecto lo conocí de casualidad y realmente aluciné en colores. Se trata de un proyecto llamado Trash is Nice. Juntamente con Xavi conocimos a Alix, Manon y Thea, tres chicas francesas, en The Cliff bar, desde donde se ven unos atardeceres espectaculares en M’Pay Bay. Conversando sobre nuestros viajes las tres chicas nos desvelaron que ya llevaban un tiempo en la isla, juntamente con Alexis, otro chico francés que completaba el equipo. Juntos se encuentran en la isla construyendo unas máquinas para transformar distintos residuos de plástico en otros objetos útiles para la comunidad, como cuerdas o recipientes, evitando así que estos plásticos terminen quemados o en el mar. Estas máquinas las provee Precious Plastic community y como es lógico, hasta la isla las mandan por piezas. El objetivo del proyecto es ofrecer formación en sostenibilidad y entregar estas máquinas a la comunidad para que termine gestionando los residuos plásticos de manera autónoma y acertada para el medio ambiente. Este proyecto no es nada sencillo ni barato de desarrollar, así que el equipo de Trash is nice sigue adelante a través de donaciones benéficas. Te recomiendo que eches un ojo a su proyecto, te llevará poco tiempo pero estimulará mucho tu sentido sostenible.

Después de ver la cantidad de contaminación que presentan algunas costas camboyanas, especialmente en la ciudad de Sihaoukville, este proyecto me dio cierto respiro y realmente me ilusionó ver que hay alternativas muy creativas para intentar plantar cara a la polución de plástico en el medio ambiente.
Después de esta bonita historia terminaban los días de playa y había que poner rumbo a Siem Reap. Con un autobús nocturno de 8 horas llegaríamos a la tierra de Angkor, donde yace, quizás, el patrimonio arqueológico de templos más importante de todo el Sudeste asiático. Mi objetivo era contemplar esos tesoros en primera persona, obvio, pero la otra inquietud en mi viaje era conocer el proyecto de Camboya Sonríe del que he estado hablando al principio y que seguidamente explicaré cómo fue el encuentro.

Para empezar, nos alojamos en el hostel Garden Village guesthouse & Pool bar, un lugar típico de mochileros, céntrico, barato y con piscina. Dedicamos un par de días a visitar el recinto de Angkor, es el mínimo recomendable, ya que se trata de un yacimiento enorme de más de 200 km2. Teniendo en cuenta esto tuvimos que hacer las visitas en tuk-tuk (te pueden acompañar a hacer el tour todo el día por 17-20$, siempre regateando el precio final).
Siem Reap aposenta el recurso turístico más visitado del país, sus calles se llenan de viajeros curiosos a partir de la tarde cuando ya han terminado de visitar Angkor buscando cervezas a 0,50 céntimos, especialmente en la frecuentada Pub Street. Todo esto ocurre en el centro de la ciudad y en los mismos lugares. Pocos turistas se atreven a explorar o a conocer que hay más allá de esto.
¿Cómo es la vida de la población camboyana fuera de la zona turística?¿Cómo viven las familias en la periferia y en las zonas rurales?

Disfruté conociendo Angkor, pero mi cabeza se hacía estas preguntas desde que me conmovió toda aquella realidad social en Nom Penh.

Alejandra se encontraba fuera del país y me puso en contacto con el profesor responsable, Chamnan. Con él conversé por teléfono y concretamos la visita. Cuando llegó el día tuvimos que alquilar un tuk tuk, que por 15$ nos acompañó durante toda la jornada. La escuela de Camboya Sonríe se encuentra a unos 25 km de Siem Riep en el distrito rural de Puok. Según un gráfico diseñado por el gobierno Camboyano en 2012, el 54% de su población vive en el umbral de la pobreza, hay un 31% de absentismo escolar entre los 6 y los 12 años y el 60% de niños y niñas no siguen sus estudios en secundaria.
La situación en el sistema educativo no es que sea mucho mejor, a pesar que el país cuenta con un sistema de educación público. El currículum está basado en la enseñanza de las matemáticas, lengua, historia y ciencias. Las clases se imparten de lunes a viernes en jornadas de 4 horas, con dos recreos de 15 minutos. Algo insuficiente que hace que los alumnos que quieran seguir sus estudios tengan que buscar clases particulares (en los mejores casos). Los profesores tienen un sueldo entre 140 y 180 euros, algo que también desprestigia la profesión y el sistema. Durante el Genocidio Camboyano (1975 – 1979) fueron asesinados intelectuales, artistas, académicos i profesores, con la intención de establecer una sociedad totalmente agrícola y que no pudiera pensar por si misma. Restablecer el colectivo docente es aún un tema pendiente y que pertenece a las nuevas generaciones.

Al llegar a la escuela me reuní con el profe Phuong Sokung y Sreyrath, una ex alumna del mismo colegio. Ambos me contaron su experiencia y su perspectiva sobre la educación en Camboya, en la comunidad y en el proyecto. Visitando la escuela me contaron que esta daba cobertura a casi 300 niños y niñas de la comunidad de entre 3 y 12 años. La escuela se divide en 3 módulos, uno de ellos funciona como biblioteca y los otros dos funcionan como aulas para dar clase. El proyecto en si ofrece 2 horas al día que pueden ser combinadas con la escuela pública. La innovación del proyecto es que da la oportunidad de poder aprender en inglés, pues en la escuela pública no se aprende este idioma y puede ser una herramienta muy útil para obtener salidas laborales en el sector turístico de la ciudad. Además de esto, el proyecto Camboya Sonríe incluye a la comunidad con distintos proyectos para empoderar económicamente la escuela.

Una vez pude conocer el proyecto por dentro le pedí a Chamnan si me podía proporcionar una lista de material que el creiera más urgente para aportar a la escuela y en beneficio del alumnado. Acordamos una lista básica para empezar el curso siguiente, pues justo acaban de comenzar las vacaciones escolares. Con esta lista nos fuimos juntos a un negocio local a unos 15 minutos de la escuela. Allí compramos: lápices, gomas, papel de colores, recambios de tinta, tijeras, libretas y bolígrafos. En total gasté 85 euros de la campaña de gofundme y pude invertir el dinero en una tienda familiar rural muy cerca de la escuela.


Este fue un simple gesto de granito de arena comparado con el auténtico castillo que ha levantado durante todo este tiempo todo el equipo de Camboya Sonríe. Un gesto de admiración y cooperación internacional para contribuir en aumentar las sonrisas en Camboya y los proyectos locales que apuestan por una mejora en la educación y los derechos de los niños y niñas.


Al marcharme de Camboya puse rumbo hacia Laos comprendiendo el auténtico valor de que un simple granito de arena puede contribuir a construir sonrisas a pesar de las turbulencias más oscuras que pueden degenerar del propio ser humano.